jueves, 3 de febrero de 2011

Cómo escribir la primera novela I: Cuestión de tiempo.

Escribir una novela puede asemejarse a ver una persecución de coches (de esas que abundan en las películas —piense el lector en alguna de Jason Bourne o en la que prefiera—), pero en cámara lenta, como la exasperante caída de la furgoneta en Inception, cada cuadro casi idéntico al anterior. El protagonista ya no tendrá la concentración de un piloto de Fórmula 1 sino que se la pasará haciendo muecas ridículas, casi siempre con los ojos entrecerrados; los coches se moverán a velocidades exasperantes; las colisiones no parecerán tales; no habrá sonido; no habrá magia. Una excitante persecución se habrá convertido en algo tortuoso.

Manejar la diferencia de tiempos entre lector y escritor es fundamental. Porque todos antes de escritores hemos sido lectores, por lo que es probable que el manejo equivocado de tiempos nos traicione, nos haga apresurarnos, avanzar demasiado rápido en el tratamiento de la trama o el desarrollo de algún personaje. Escribir se parece al trabajo de un animador clásico, concibiendo cada cuadro para que el resultado final tenga una fluida sensación de movimiento. El escritor y el lector viven en mundos paralelos, donde el tiempo fluye de manera diferente. Cuando disfrutas de una novela en tu sillón favorito, como lector piensas cosas del tipo: “En breve descubriré qué hará Amelia con su marido infiel, al que acaba de descuartizar y guardar en bolsas de basura negras.”. El placer del escritor, me temo, no se le parece en nada (y tienes que enfrentar la posibilidad de que no te guste en lo más mínimo), porque cada día despiertas y piensas cosas del tipo: “hoy me ocuparé de que la carrocería de ese coche que he dejado suspendida en el aire rote 15 grados”.

viernes, 7 de enero de 2011

FULL DARK, NO STARS de Stephen King


(Sin SPOILERS)

El gran Steve nos tiene acostumbrados a magníficas recopilaciones de novelas cortas. Esta en particular consta de cuatro historias.

1922, posiblemente la mejor, se inicia con una disputa entre un hombre y su esposa acerca del destino de una tierra que ambos comparten. Las decisiones drásticas estarán a la orden del día.

Big Driver es otra de escritores. Escritora, en este caso, y un percance carretero que podría pasarle a cualquiera.

Fair Extension. Esta en realidad tiene la extensión de un relato, y se lo ve un poco desubicado comparado con sus tres hermanos mayores. Es de género fantástico y tiene que ver con un vendedor callejero muy particular. Un Leland Gaunt remixado.

A Good Marriage. Una mujer tiene una familia perfecta, o eso cree. La sorpresa la espera en el garaje.

Voy a pasar rápido por mi opinión y luego intentaré alguna reflexión. El libro es entretenido; está muy bien. A mí me gustó más que La cúpula, y menos que Duma key (para comparar con sus últimas obras). No creo que defraude las expectativas de nadie. 1922 es muy bueno. Big Driver y Good Marriage están en un escalón medio, pero aceptables. Fair extensión se deja leer pero podría no haber estado; es más, yo hubiera preferido que no hubiese estado (en este libro, claro). Le hubiera otorgado al libro mucha más coherencia.

Y he aquí mi reflexión: Las tres historias de este libro son excelentes ejemplos de —en palabras de King— cosas extraordinarias sucediéndole a personas comunes. Y por cosas extraordinarias no debe entenderse fantásticas (por eso quito a Fair extensión del medio) sino probables (aunque poco) y terriblemente trágicas, al punto de probar los límites humanos. En los tres relatos los protagonistas se enfrentan a situaciones tremendas y, repito, que suceden en la vida real (por suerte no a la mayoría) y exploran las acciones siguientes y sus consecuencias. Las tres historias son muy buenas en el desarrollo inicial, es decir hasta que este evento bien definido tiene lugar, y el resto está conseguido de manera más o menos creíble.

Esta “fórmula” de introducir un personaje en un laberinto y “ver cómo sale” no es exclusiva de King, aunque quizás pocos se animen a hacerlo como él confiesa hacerlo: desconociendo el laberinto por completo. O, lo que es lo mismo, King entra al laberinto junto con sus personajes. A veces sale airoso (A Good Marriage); otras "encuentra" ciertos pasajes de dudosa existencia inicial (Big Driver). Pero la fidelidad hacia sus personajes (algo a lo que se refiere al final del libro en unas notas muy interesantes) es digna de destacar y mantiene viva una de las que, para mí, es la mayor virtud de este autor: La sinceridad.

Y sí, las historias tienen una cierta dureza y linealidad que evocan al King un poco más joven y no tan políticamente correcto de los últimos tiempos.

lunes, 3 de enero de 2011

LECTURAS 2010


Cuando termina cada año y evalúo la cantidad de libros que he leído, me digo: ¡Qué pocos! Es que soy un lector lento, lento; de manías extrañas, además, como dilatar los libros cuando me gustan, o no leer todo lo rápido que podría, tomándome mi tiempo para recrear el texto.

En total han sido unos 25 libros en el año, contando algún manuscrito inédito que no he listado a continuación porque son libros que sus autores todavía no han publicado. He leído cinco en inglés, lo cual es bueno, porque no hay como leer en el idioma originar.

Para este año que empieza mi meta es superar los 30. Entre 30 y 40 estaría bien. No pienso cambiar mis métodos de lectura, ni elegir libro más breves ni nada por el estilo. Será cuestión de sacrificar algunas series de televisión y no más que eso.

Voy a elegir mis 3 preferidos. (Mis amigos quedan excluidos de la competencia. Ellos corren con ventaja). Ellos son:

Cien años de soledad – Me impactó especialmente. Siempre había oído maravillas de este libro, y por alguna razón pensé que no me llamaría tanto la atención como a todo el mundo. Y me equivoqué, claro, porque es sensacional desde todo punto de vista.

Echo Park – Connelly me fascina, que le voy a hacer. Disfruto sus libros de una manera increíble.

Las viudas de los Jueves – Descubrí a Claudia Piñeiro este año y estoy encantado.

Si hay algo que tiene la lista, es diversidad. Ahí va:

Retrum de Francesc Miralles

Illius de Raúl Ansola

Los Caminantes de Carlos Sisí

Under the dome de Stephen King (Inglés)

The Overlook de Michael Connelly (Inglés)

Echo Park de Michael Connelly

Any Given Day de Dennis Lehane (Inglés)

Desapareció una noche de Dennis Lehane

Plata quemada de Ricardo Piglia

Más liviano que el aire de Federico Jeanmaire

El juguete rabioso de Roberto Arlt

Elena Sabe de Claudia Piñeiro

Las viudas de los jueves de Claudia Piñeiro

Los mitos de la historia Argentina de Felipe Pigna

Los hombres que no amaban a las mujeres de Stieg Larsson

Contrato con Dios de Juan Gomez Jurado

El señor de las moscas de William Golding

Horns de Joe Hill (Inglés)

Cien años de soledad de Gabriel García Márquez

El almacén de Bentley Little

El sueño eterno de Raymond Chandler


Full dark, no stars de Stephen King (Inglés)

viernes, 31 de diciembre de 2010

¡SUCEDIÓ HOY! - HIP HIP HOORAY

31 de diciembre, a las cinco de la mañana, aproximadamente. Soy ave nocturna. Normalmente, a eso de las cuatro el cansancio suele pesar más que el libro que leo, y entonces aprovecho esos últimos minutos para centrarme en lo que sea que esté escribiendo. Enfoco la trama, los nudos que necesito desatar, y casi siempre consigo allanar un poco el camino. Muy rara vez, sin embargo, ese ritual agónico se me va de las manos, los nudos se desatan con demasiada facilidad, el sueño se evapora y las revelaciones se suceden una tras otra, como fichas de dominó. La sensación de que esas ideas reveladoras no podrán ser evocadas más tarde es horrible. Me aqueja la necesidad de escribirlas.

Esto me ha sucedido no más de cinco veces en mi vida, y ayer fue una de esas. Así que me levanté, enfundado únicamente en unos bóxers (por este lado del mundo el calor está haciendo de las suyas) y me planté frente a una gran pizarra blanca que tengo en mi estudio. La escena debió resultar atractiva para una peli: el autor en calzoncillos escribiendo frenético como si desarrollara una fórmula matemática revolucionaria. Me veo escribiendo con el rotulador sin parar, haciendo cuatro listas y saltando de una a otra para no olvidarme de nada; cada lista desde el punto de vista de un personaje. Todo cierra.


Hoy me levanté y casi todo está ahí (casi todo el resto de la historia, no es que alguien haya borrado nada). Cuando uno escribe sus historias sin planificarlas, avanza con el miedo latente de no poder seguir, de atascarse, de modo que estos momentos de lucidez traen tranquilidad, especialmente si corresponden al tramo final, como en este caso.

Que esto haya sucedido el último día del año me parece singular. Como si fuera el último regalo de un año que ha dado mucho, aunque uno, injustamente, nunca esté conforme. Este 2010 he publicado mi novela (¡Al fin!), he recibido muy buenas críticas, entablado relación con lectores geniales, conocido a autores y colegas extraordinarios y he terminado hace unos meses mi cuarta novela, la única que hace que hinche el pecho de orgullo cada vez que pienso en ella. Sí, sí; el 2010 no ha estado nada mal.

Para todos, ¡un muy feliz año nuevo!

domingo, 26 de diciembre de 2010

PIRATERÍA

Escribo esta entrada motivado por los comentarios de Andrés Pérez Domínguez, un reputado autor que siempre invita a reflexionar desde su blog o Facebook. La piratería era el tema de debate, y la posición de Andrés (a la que adhiero) es sumamente sencilla: “Los autores (de libros, películas, música y demás) deben poder ejercer su derecho de compartir sus creaciones en internet, si así lo desean, y ser remunerados por ello”. Es algo tan básico que casi provoca risa. Porque si reemplazamos en la frase anterior a “los autores” por “las personas” y lo de “compartir sus creaciones en internet” por “trabajar” entonces tenemos un preámbulo básico del mundo moderno.

Es curioso el término que utilizamos para la práctica de violar los derechos de autor, esto de “la piratería”. No os preocupéis, amigos, no empezaré con ese rollo de “el diccionario dice que...”, ya sabemos lo que hacían los piratas hace cuatrocientos años. Y digo que es llamativo porque muchas de las discusiones que normalmente se plantean en torno a este tema son tan arcaicas y primitivas como lo eran las formas de pensar de los correligionarios de Jack Sparrow.

El tomate mágico – o cómo los usuarios deberíamos decidir.

El comentario de Andrés que suscitó un respetuoso debate con algunos internautas, partía de un artículo de opinion de Javier Bardem, en el que decía que si hubiera un botón en internet para disponer instantáneamente de un tomate, nadie se molestaría en ir a comprar uno, con el consiguiente impacto nefasto en la industria tomatera. Si bien el ejemplo presenta sus problemas a la hora de trazar paralelismos (¿para qué inventar ejemplos cuando la realidad está llena de ellos?) hay un planteo bien claro detrás (que es seguramente el que quiso transmitir el actor) y es el siguiente: No se puede dejar en manos del usuario o los consumidores el cumplimiento de una normativa. Así es el mundo. Por eso las puertas tienen cerraduras, existe la policía, las cárceles, los sistemas de alarma en las tiendas... ¿Que no tendría que ser así? Claro, ¡sería fantástico! Pero no vivimos en la tierra de Mi pequeño Pony.

Juzguemos al artista – o cómo imponer condiciones.

Hay una batería de argumentos o planteos que van desde el hecho de “suponer” que tal o cual artista tiene dinero suficiente y por tanto lo necesita menos que nosotros, que determinado precio es exorbitante, que la descarga ilegal es sólo porque es gratis y no compraríamos el original, en fin, argumentos varios que me he permitido englobar en esta categoría. Andrés bien lo ha ejemplificado (sin necesidad de tomates tele transportados) diciendo que el hecho de que una Ferrari sea costosa no nos da derecho a ir al concesionario y llevarnos una. El señor Ferrari cobra sus coches al precio que quiere, y nosotros decidimos si los compramos o no. También funciona así para unos vaqueros, una cortadora de césped, un corte de pelo y, por supuesto, los tomates. Si el Estado considera que cierto hecho artístico (o un transporte público, un servicio cualquiera o lo que sea) debe ser accesible, entonces lo debería subvencionar y fomentar. Si avanzamos en esta dirección nos encontraremos con los ya conocidos debates sobre monopolios y demás cuestiones que hacen a una regulación apropiada del mercado, que, huelga decirse, va en la dirección opuesta de “pago lo que me place si me place”.

Internet, el hijo con privilegios – o cómo malcriar al benjamín.

Claro, llegó último. Hay que malcriarlo un poco. Cuando crezca, lo trataremos como al resto. Internet vive en la edad de piedra en términos de evolución. Hace un tiempo fue NAPSTER, el sitio de descargas ilegales que crispó los nervios de Metallica y de las discográficas. Se encendió el debate y finalmente el tecnicismo se impuso: esos sitios guardaban los archivos en sus servidores, por lo tanto violaban el derecho de propiedad intelectual. Podían, y pueden, ser dados de baja con relativa sencillez. Pero entonces aparecieron las redes de intercambio como e-mule o los primos más modernos: los torrents. Y aquí el problema es más complejo (en apariencia) porque los servidores de estos sitios no guardan ningún archivo ilegal, sino que sirven de nexo para que millones de usuarios conectados al mismo tiempo, compartan archivos (ilegales o no). Estos sitios se escudan precisamente en esto, en que no son necesariamente para archivos ilegales, sino cualquier tipo de archivo. Claro que funcionan gracias a que cientos de usuarios quieren intercambiar el mismo archivo al mismo tiempo, algo que estoy seguro no sucedería con el video del cumpleaños de mi abuela. Estos sitios se encargan además de disponer de un índice de archivos ilegales pero... claro, cuando vamos al fondo de la cuestión, sus servidores están limpios de la prueba del delito porque no hay archivos sino referencias a ellos. Así es como sitios como Pirate Bay funcionan desde hace años sin cambio de dominio y ante los ojos de todos.

En definitiva, aunque el 99% de los archivos que se intercambian gracias a estos sitios son ilegales, accionar contra ellos no es sencillo.

¿Difícil cuestión?

Yo creo que no.

Es sólo un ejemplo más de cómo el ÁRBOL tecnológico nos impide ver el BOSQUE, porque en la sociedad venimos superando barreras como esas desde hace tiempo. Veamos cómo las cosas son diferentes en “el mundo real”: En los aeropuertos del mundo (hasta hace muy poco) no se podía abordar con perfumes o elementos cortantes (esto sigue) porque uno podía hacer un explosivo casero con el primero o cortarle la garganta al piloto con el segundo. ¿Alguien me explica cuál es la probabilidad de que uno sea un terrorista vs. la de un viajante común y corriente que lo único que pretende es comprar un frasquito de Acqua di Gio para regalar? ¿Se trata entonces de probabilidades? De estos ejemplos hay miles. La famosa frase pagan justos por pecadores no en vano ha sido repetida hasta el hartazgo. Los argumentos en los que se escudan ciertas empresas y usuarios de internet para quebrar la ley son casi siempre de una simpleza que roza la idiotez. Voy a poner un ejemplo fuera de los libros y las películas para ilustrar este punto. En mi ciudad (como en tantas otras) están prohibidos los casinos. No sé si personalmente comparto las razones, pero es así, y todo esto se trata de aceptar la ley, ¿no? Claro que sí. Pues bien, con el advenimiento de los sitios de juego online (que se publicitan cada cinco minutos en televisión), nos encontramos con la ridícula situación de que una persona no puede acceder a una sala de juego física pero sí a miles virtuales. Pero lo curioso es que, en lugar de platearnos si es técnicamente posible restringir el acceso a estos sitios (que sería lo lógico), volvemos el debate hacía atrás (a la época de los piratas): ¿Deberían estar prohibidas en primer lugar? Yo no estoy en contra de revisar nuestras reglas; bienvenidos los debates. Pero, ¿vamos a retroceder por una dificultad tecnológica que ni siquiera hacemos el esfuerzo de superar?

Y aquí he llegado al punto importante, el que quería tocar en esta entrada. Me llama la atención que los debates de cómo mejorar internet no se centren en adaptarla para que allí también se cumpla la ley (como en la puerta de nuestra casa o en cualquier parte) sin alterar el espíritu libre con que fue concebida. No estoy en contra de internet. Internet es fantástica (incluso como es hoy). Pero debemos avanzar en la dirección correcta para mejorarla. Como todo invento magnífico, requerirá ajustes y desarrollo. No soy un técnico especialista, pero no imagino imposible que en una red de computadoras, no importa que tan grande sea o cómo viaje la información a través de ella, se puedan ejercer controles. No controles que sirvan para privar la libertad de expresión, ni recopilar datos sin nuestro consentimiento, ni para condicionar a los ciudadanos, sino controles para asegurar el cumplimiento de la ley, ni más ni menos, para proteger a los autores a la hora de cuidar sus obras, pero también para cuidar a nuestros hijos de pederastas o exposición de material inapropiado. Mi predicción es que no estamos lejos de que eso suceda, que en un futuro la información estará mejor ordenada y que funcionará algún tipo de organismo mixto, entre personas y programas, que se encargarán de velar mejor por organizar la red. Lo grandioso de internet, a mi criterio, no es que cada uno pueda hacer lo que le plazca (si fuera sólo eso no estaría aquí), ni el anonimato (a mí de hecho no me gusta el anonimato. Si hago o digo algo, quiero mi nombre impreso debajo) sino la magia de la comunicación, el abatimiento de las barreras, el acceso a una cantidad casi infinita de conocimiento y, por qué no, de arte. En ese futuro que imagino, donde los artistas más jóvenes podrán sustentarse y a la vez darse a conocer, todo será mucho mejor, y el material gratuito y LEGAL aumentará muchísimo.